domingo, 31 de agosto de 2014

El destino y sus caprichos...


   Escrito en 2013

   A veces, la vida nos presenta situaciones en las que ni siquiera nosotros nos paramos a buscar alguna solución y nos dejamos llevar por la desidia… es ahí cuando por arte de magia todo comienza a cambiar de repente.
   Hoy, después de que…, ya saben quiénes me leen lo que habitualmente hago al comenzar mi día con respecto a la convivencia con los ciudadanos, me he alegrado mucho al coincidir con una persona y a su mascota.  Motivo por el cual ha surgido en mí la necesidad de crear y compartir este escrito, es evidente que cambiaré sus nombres, porque tienen el derecho de no darse a conocer por estos medios y, porque la ley así mismo lo contempla.
  Cierto día, en el interior de un contenedor de basuras se encontraba sin dar crédito a su próximo y dramático final un cachorrito de mastín del pirineo, sin pedigrí.  Que se lamentaba de su desdicha como únicamente  podía, gimiendo, pues apenas, ésta, tenía unos días. Por aquel mismo lugar e instante se encontraba paseando por allí un joven, de unos treinta y pico años, que al escuchar los lastimosos y debilitados gemidos, se acercó y levantó la tapa de aquella tumba apestosa donde daba por perdida su vida el indefenso animal, sin pensárselo dos veces, éste,  la rescató de aquel nauseabundo lugar y se la llevó consigo. En primer lugar, se dirigió a casa y le preparó de manera rudimentaria una especie de biberón y, ésta, aun temblando y sin saber qué suerte correría en manos de aquel ser que le transmitía las mismas sensaciones que aquel otro que la había arrojado a la suerte, sin más…
   Una vez que notó que ese calor comenzaba a ser distinto y se asemejaban  a los experimentados  a los pocos segundos de nacer, eso mismo fue lo que la animó a   tomar la decisión de aferrarse  a   aquello áspero y desconocido que le transmitía la nueva situación. Al abrir su diminuta boca, notó algo cálido y siguiendo su instinto animal y, supervivencia: devoró en apenas un minuto, y vencida por el agotamiento y el reponedor  sustento, se quedó dormida en aquellas manos extrañas. En segundo lugar, Manuel se dirigió hacia una clínica veterinaria y tras el reconocimiento: «A primera vista, parece que todo está bien…, si tienes algún problema, me das un toque al móvil» —dijo la veterinaria.
   —De acuerdo —respondió mientras que su cara no podía evidenciar su estado emocional—, ¿qué te debo por la consulta?
   —Nada, y gracias por interesarte por los animales, eso es todo.
   Al llegar a casa, la depositó envuelta en una prenda de vestir y sobre  en una caja: pero esta vez  sin poner la tapa. Después se sentó y estuvo observando cómo, ésta, había cambiado sus lastimeros y ahogados gemidos por una respiración pausada y algún que otro ronquido. El tiempo fue pasando y los problemas fueron apareciendo de nuevo otra vez. Algo no iba bien y, Manuel, regresó  a la clínica y después de hacerle todo tipo de pruebas y observaciones: «Me temo que se trata de una disfunción cerebral…, pues aunque todo los análisis indican que está completamente sana, he observado que  tiene problemas de coordinación, de ahí que su forma de andar llame tanto la atención: «¿Qué piensas hacer con ella?» —refirió con tono de preocupación la veterinaria.
   —¿Ella podrá vivir bien así? Quiero decir, será algún impedimento…
  —Por supuesto que podrá vivir, pero siempre de manera condicionada por el mal que padece.
   —Bueno eso es lo de menos, tampoco la voy a exigir mucho.
   Todo aquello ocurrió hace tres o cuatro años. Hoy, «Valentina» se ha convertido en una enorme mastín blanca, y con alguna mancha de color marrón claro,  que llama mucho la atención, no solo por el hecho  de caminar  mal y con  la cabeza torcida hacia un lado, sino por lo cariñosa que esta se muestra ante cualquier desconocido y  acude todo lo rápida que sus limitaciones le permiten para sentir la calidez humana a través de una simple caricia. Todo en ella me satisface plenamente y me deja sorprendido por la capacidad que tienen los animales.  Ella no siente rencor ni siquiera por quien en su día no le importase lo más mínimo su triste final al dejarla indefensa y abandonada a su suerte.
   Tal vez ni siquiera el nombre fuese elegido al azar «Valentina», sino haciendo honor a su valentía por querer sobrevivir…
   Tal vez incluso eso tuvo que suceder de esa drástica manera por el hecho de que, hoy 12 de mayo, este que escribe sin saber siquiera el por qué… aunque me imagino que el responsable de que todas las cosas sucedan como acontecen no sea otro que el Destino: ese que se muestra caprichoso, antojadizo y que no hace nada porque sí…

   

© ®Francisco Izquierdo Herrero

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