«Intolerancia»
Cuentan que un día, en un lugar cuyo nombre prefiero no mencionar,
allá por el mes de mayo de 2012, acaecieron unas desavenencias entre un maño y
un extremeño afincado en Castilla y León.
Allá por el mes de marzo o
así, «Observador», el extremeño, recibió
un e-mail, de alguien que con buenas formas y palabras le invitaba a que
conociese una «ciudad» recientemente creada
en un país virtual donde el único requisito era «empadronarse» como «ciudadano
del lugar» para poder participar y
disfrutar de cualquier evento que allí se celebrase. Observador, tras unos
minutos de dudas, decidió
darse una vuelta por dicho lugar «¿ Y, por qué no? Total, si no me gusta
con darme de baja será suficiente» —pensó—, y, a continuación, siguiendo todos los pasos: pudo adentrarse e inscribirse en dicho
espacio. Una vez registrado, observador, decidió animarse y dar vida, de manera
desinteresada, al poco frecuentado, por aquel entonces, lugar e incluso se
atrevió a participar en uno de los eventos organizados —Para él, esto era algo
novedoso, pues, nunca se había presentado a ningún «certamen literario», entre
otras cosas, porque no se le había ocurrido—. El lugar ofrecía la posibilidad
de hacerse notar con varias posibilidades, lo que de algún modo le motivó para
hacer un comentario delante de un grupo creado por la propia institución con el
fin de facilitar la adaptación de los
nuevos «pobladores», la mayoría venían de la otra «ciudad» creada, y dirigida por el mismo grupo de personas, anteriormente.
En uno de sus primeros
parlamentos, observador, se dio cuenta de que alguien, «doña Hipocresía», trataba de integrase en el grupo y
conversar, así sin más…, motivo por el que, «Observador», de manera poco
apropiada le dio a entender que no quería nada con ella ni siquiera conversar,
aunque eso sí, en ningún momento trató de desacreditar a quien conocía, que no
amigos, de tiempo atrás, en la otra «ciudad».
Para incentivar a los
«ciudadanos» a que participasen en el certamen, los dirigentes obsequiarían
con algunos regalos a quienes participasen en las diversas opciones
que ofrecían como entretenimiento a todo
aquel que estuviese interesado en participar. «Observador», siempre de manera desinteresada,
trató de aportar aquellas cosas que para él podrían servir de entretenimiento a
todo aquel que sintiese necesidad de saber que expresaba aquella persona que para
algunos era un verdadero desconocido.
En uno de aquellos eventos,
hasta última hora solo él había participado, cuyo resultado final no le
convenció mucho, sin embargo, prefirió mantenerse en silencio, pues, al fin y al cabo, se trataba solo de un juego, como bien le
informó alguien a través de un privado, con el fin del preservar el buen
funcionamiento del lugar.
Días después, «Observador»
vio su paz interrumpida; pero en este caso, sería el comportamiento de «don Hipócrito»,
el maño, quien le llamó la atención… al observar que alguien
que participaba en el lugar habitualmente, con bromas por un lado y seriedad y
cordura por otro, no hubiese presentado ninguna
aportación al concurso con cualquiera de las dos supuestas identidades,
aunque a vista de todos actuase y
pareciese que se trataba de dos personas
distintas. Bueno, sea como fuere, el caso es que los días y el concurso «caminaban como viento en vela». Observador,
como bien claro había manifestado en el lugar, era una persona que de la vista
se le escapaban muy pocas cosas y
que él, «las cogía al vuelo». Y haciendo
honor a su atrevimiento, una vez más la provocación y la polémica le incitaron:
«Peón negro mueve ficha y avanza en silencio…» —dejó manifiesto en uno de sus
parlamentos—, y al observar el efecto que estas palabras causaron en, «don Hipócrito»,
surgió en él una duda «¿A ver si en vez de dos son tres las personalidades de
este individuo?». «Observador» fue atando cabos y, sin dar crédito de «hasta
dónde podía llegar la hipocresía de algunas personas», optó por no perder el
tiempo en causas que no le merecían la pena y tratando de encontrar respuesta
dejó escrito en el lugar: «Si tanto le incomoda mi presencia, no entiendo el
por qué me invitó».
©®Francisco Izquierdo Herrero
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