Escrito ayer a
la (s) 17:57
«Atanasio Buendía Santaolalla era un hombre centenario que, cómo cada
mañana, salió de su casa y dirigió sus pasos hasta la esquina que está junto al
18 de Julio (Centro de Salud Miranda Oeste) algo que venía siendo habitual en
él desde hacía más de sesenta años…, con el propósito de mirar las esquelas que
aparecen en el cartel anunciador: por si acaso hay algún conocido y acudir a su entierro...
Unos metros antes de llegar al lugar, se extrañó que junto al tablón informativo se hallaran muchos conocidos y aligeró el paso con la intención de salir de dudas:
Unos metros antes de llegar al lugar, se extrañó que junto al tablón informativo se hallaran muchos conocidos y aligeró el paso con la intención de salir de dudas:
—Buenos días —dijo con voz
gastada—, ¿quién se va hoy para el patatal?
Nadie le respondió y
arremetiendo contra ellos volvió a repetir lo anteriormente dicho por él: pero
con voz altiva y soberbia. Al obtener la misma respuesta se posicionó delante
de los demás, y al ver la esquela se quedó atónito, y llevándose las manos a la
cabeza, con ademán de desesperación gritó más que hablo: «¡Por favor!, decidme
que no es cierto lo que ven mis ojos» —Ante la misma respuesta, es decir, el
silencio: decidió retornar a su domicilio cabizbajo y meditabundo sin
despedirse de ninguno de los allí reunidos, al llegar a su hogar, se dirigió hacia
el dormitorio y una vez allí se introdujo en el frío y rígido cuerpo que yacía sobre la cama en de cúbito supino».
©®Francisco Izquierdo Herrero
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