A la edad de doce años,
Antonio se había convertido en un chaval de cuerpo atlético, bastante alto,
delgado y de tez blanca, pero tostada por el sol. Su cabeza estaba revestida
por una tupida cabellera de negro
pelambre, bajo la cual se perfilaba un
rostro donde brillaban unos preciosos y rasgados ojos color avellana; que a
su vez eran circundados por unas largas
y rizadas pestañas. Todo el conjunto quedaba rematado por unas orejas bien
proporcionadas. Era un chico extrovertido, sociable, tierno, perspicaz y
divertido. Aparte de ser muy observador y creativo, disponía de una imaginación
fantástica, así como de cautivar con facilidad a los demás chiquillos del
barrio por sus muchas y alocadas ocurrencias.
Rápidamente se convirtió en el dirigente de la chavalería, ya que estos,
le veían como un ejemplo a seguir.
Con el paso de los años uno se conciencia de que la vida en sí no son más que recuerdos, y, que estos, dependiendo de la capacidad de cada persona, y los que esta haya ido guardando, pueden afectar de manera positiva o negativa y, por tanto, hacer que se sientan dichosos o defraudados con la vida que les ha tocado vivir. Aquí iré subiendo escritos a modo de recuerdos, es decir, de igual manera que estos surgen en nuestra mente: sin ordenarlos cronológicamente.
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