Los padres de Antonio eran personas sencillas,
con buenos principios y sentimientos. Estos, trataban de inculcar a sus
descendientes los mismos valores que en su día aprendieron de sus progenitores. José, el
padre, era un hombre muy extrovertido;
le placían las bromas; hacer reír a los
demás, y también era un poco exagerado a la hora de dialogar, además de ser una
apreciada y excelente persona. En cambio, Manuela era más moderada, sensata, reservada y formal.
Por lo que, se encargaba de dirigir la casa, y, a todos los que en ella
convivían. —Como la mayoría de los padres
de aquella época, estos carecían de estudios y apenas sabían leer ni escribir;
pero en cambio, contaban con unos valores y principios que hacían cumplir, a
sus hijos, a rajatabla.
Manuela, por aquel entonces, era una mujer
de 46 años, grande, afable y muy entregada a los demás. Sobre su cabeza, lucía
una esplendorosa, ondulada y vaporosa mata de pelo castaño; sobre su
redondo y expresivo rostro brillaban dos alegres luceros marrones; junto a su fina y recta nariz, unos labios grandes,
delgados y ligeramente azulados, todo ello
rematado por un corto y grueso cuello. Le gusta vestir con sencillez
amplias, coloridas y estampadas batas abotonadas. Manuela era una mujer
robusta de brazos y piernas gruesas y pesadas. Su caminar era tan sosegado y
relajante como ella misma; pero, sin embargo, era una mujer de mente lúcida,
resuelta y capacitada para solucionar cualquier imprevisto.
En la morada de Antonio, la relación
filial-paterna estaba basada en el cariño y el respeto mutuo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario